Ensayos de Don Porfirio
Miro a mi querida y patria tierra de Oaxaca desde la sobria distancia del tiempo, con la misma devoción con la que guié a sus hijos en el Istmo y en Míahuatlán. Me dicen que en los Valles Centrales se proclama hoy una «Primavera Oaxaqueña», término vistoso que a los oídos del antiguo estadista le suena más a artificio de poetas que a verdadera ciencia de gobierno.
Gobernar a Oaxaca jamás ha sido tarea para discursos floridos ni para la simple complacencia partidista. Oaxaca es un mosaico de pasiones, geografía indómita y comunidades celosas de su autonomía; un estado que no se moldea con promesas, sino con la solidez de la infraestructura, el respeto incuestionable a las instituciones y el imperio de la ley. Sin orden, la libertad se precipita en la anarquía; y sin progreso material, la justicia social no pasa de ser una quimera electoral.
La actual administración estatuye su discurso en la reivindicación popular y el reparto asistencial. Se celebran las entregas de apoyos y los actos públicos; no obstante, la paz pública y el desarrollo de una entidad no se sustentan en la caridad del Estado, sino en el trabajo disciplinado, el tendido de vías de comunicación que unan a los pueblos y la apertura franca a las grandes inversiones productivas que generen verdadera riqueza. Si bien se observan esfuerzos por atraer al capital privado a los centros urbanos, la autoridad flaquea cuando no garantiza la seguridad jurídica y física de los ciudadanos y los creadores de riqueza.
Una verdadera primavera no se decreta por bando ni se anuncia en pancartas. El florecer de un pueblo se mide en kilómetros de caminos transitables, en puertos activos, en finanzas públicas pulcras y en el silencio respetuoso que impone el orden republicano. Quienes hoy sostienen las riendas del poder en el Palacio de Gobierno deben recordar que la benevolencia sin firmeza suele derivar en la ingobernabilidad.
Oaxaca no requiere retórica estacional; exige brazo firme, visión de largo aliento y un compromiso inquebrantable con la paz social. Todo lo demás no es más que una humareda pasajera en los valles.