EL ZUMBIDO DEL MOSCARDÓN
En memoria de Alejandro Leyva Aguilar
Aquí estamos otra vez, estimado lector. Escribiendo desde esta trinchera independiente donde el aire pesa, pero las verdades pesan más. En Oaxaca la retórica oficial suele ir por un carril pavimentado de simulaciones, mientras el ciudadano de a pie sortea la intransitabilidad de las calles, la ingobernabilidad en los valles centrales y una sombra de inseguridad que ya no se puede ocultar con discursos desde la mañanera estatal.
En las últimas semanas, mientras las autoridades insisten en que vivimos en una "Primavera Oaxaqueña" floreciente, los hechos en la capital y los municipios conurbados demuestran lo contrario: un estado sumido en la ingobernabilidad, donde los grupos de presión, las alianzas sindicales y la delincuencia parecen ostentar el verdadero control territorial. Las recientes redadas, aseguramientos de droga y detenciones vinculadas a líderes gremiales en los Valles Centrales no son un logro a presumir, sino la radiografía de un cáncer que se dejó crecer a la sombra de la complacencia gubernamental.
Mientras tanto, en las mañaneras de Palacio de Gobierno se insiste en estigmatizar al periodismo crítico, en señalar con el índice a quien cuestiona la falta de obra pública de impacto real, el subejercicio presupuestal y la alarmante escalada de violencia en nuestras calles. Exponer la corrupción o la incompetencia de los funcionarios públicos se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo en un Oaxaca donde las instituciones encargadas de garantizar los derechos humanos prefieren el repliegue defensivo y la ceguera institucional antes que incomodar al poder en turno.
¿Y el ciudadano? El oaxaqueño de a pie sigue atrapado en la encrucijada de siempre: cobrado por los bloqueos, desprotegido ante la delincuencia común y organizada, y expuesto a una burocracia estatal que confunde la justicia social con el reparto de favores políticos.
No nos engañemos. Las cifras alegres y las conferencias matutinas no tapan el sol con un dedo. Oaxaca no necesita propaganda ni discursos victoriosos; requiere gobernabilidad, estado de derecho y autoridades capaces de asumir que el ejercicio del poder exige resultados, no pretextos ni listas de culpables en el pasado.
Por más que intenten acallar el zumbido, la realidad oaxaqueña sigue ahí, gritando en cada esquina de nuestra Verde Antequera. Y mientras haya papel y tinta, aquí seguiremos, incisivos y molestos como el moscardón, recordando a quienes ostentan el poder que los cargos son temporales, pero las cuentas que le deben al pueblo son permanentes.
Nos leemos en la próxima entrega, si la intolerancia del poder nos lo permite.